El mundo del Breath of the Wild: Algunos apuntes

"Toda la tierra que baña la luz..."

Muy poca gente lo sabe, pero hace unos años desarrollé una afición por el senderismo a raíz de mudarme de domicilio. Vivía al lado de un barranco que permanecía verde todo el año en el norte de Gran Canaria. Un lugar conocido como Guiniguada, que en otro tiempo presenció batallas y ríos de sangre. Pero que ahora descansa convertido en un remanso de paz majestuoso. Vestido por piedras negras y mil tonos de verde en sus decenas de especies vegetales.

Solía pasear maravillado por sus escarpadas paredes que se alzan decenas de metros hacia el cielo. Desafiantes e invictas. Avanzaba manchandome de barro, cortándome con las espinas, pero con la necesidad de saber que me encontraría en el siguiente cruce del barranco.

Todo el dolor que pude experimentar en estos viajes valían la pena cuando lograba llegar a un nuevo lugar en el que pararme a contemplar, encontrar una piedra donde sentarme a fumar un cigarrillo y disfrutar de semejante estampa.

Poco tiempo después apareció en mi vida Skyrim para Playstation 3 y con él una serie de catastróficas desdichas en mi vida académica, pero esa es otra historia. Lo importante de Skyrim era la forma en la que conseguía sumergirme en sus tundras y bosques (lo cual redujo dramáticamente mis escapadas al barranco). Esa inmersión tan absoluta en un entorno fue mi principal aliciente detrás de las 300 horas que le eché al título de Bethesda. Aunque ya no siento esa fascinación, sí que tengo que remarcar que hicieron un gran trabajo, creando esos entornos. Pero aquí vamos a hablar de Breath of the Wild.

En este artículo, voy a tratar de no decir nada que no se haya dicho ya. Ardua tarea, pero quisiera centrarme en sus ríos y bosques más que en sus mecánicas y trama. A pesar de que estas últimas brillan con luz propias es precisamente el ecosistema de Hyrule en toda su extensión lo que me ha enamorado. Porque, la última entrega de la saga Zelda consigue con creces expresar ese amor por la naturaleza que tanto buscaba. El hecho de que encuentre lugares nuevos a medida que avanzas, elaborados con la misma delicadeza que los dejados atrás, es algo que me ha cautivado. 

Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida…para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido

— Henry David Thoreau

Este párrafo de Thoreau bien podría ser uno de los diálogos que mantienen con uno de los cientos de personajes que encontramos por Hyrule. La inmensidad es tal que cuesta ceñirse a los objetivos principales pues en cada rincón encontramos lugares de belleza y detalle sin precedentes.

Es aquí donde siento que el juego al ser de mundo abierto daña o mas bien “cambia” la experiencia de un Zelda clásico, pues es difícil no pararse a investigar las ruinas y arboledas que riegan toda la extensión de terreno que reposa bajo nuestros pies. Esto lo constaté al poco tiempo de empezar a jugarlo, estando en un bosquecillo en mitad de la nada me encontré con una manada de ciervos. Ese fue el punto en que me dí cuenta de que aquí las cosas pasaban sin que yo fuera el eje central de la experiencia.

Al momento de escribir este artículo llevaré unas quince horas en las que he avanzado muy poco la historia pero he visto praderas, desiertos, cimas nevadas e inmensidades que serían la envidia de cualquier pintor del romanticismo. Y es que hasta la misma cámara parece orientada a que te fijes más en el paisaje que dejas atrás que en el camino que se abre ante tí.

Otro de los puntos que destaco de este título sería el uso que da a la narrativa ambiental al recordarnos cada pocos
kilómetros de viaje el ‘Gran Cataclismo’ que sufrió el mundo siglos atrás. Esto es algo que ya comentaba @que-deponios en su artículo sobre el juego y que yo mismo he podido corroborar en mi experiencia. Breath of the Wild no sólo referencia los anteriores juegos de la saga sino que integra esas referencias en su historia. Y bueno… los kologs… em… son monos pero quizás podrían haber tenido mas peso. El rancho Lon Lon por poner un ejemplo está presente en el mundo, o al menos sus ruinas, pero estas no se nos presentan como un recuerdo amargo si no como un hecho inevitable. Todo se muere y todo renace. El tiempo es un círculo.

Podrá parecer cruel que me disponga a comparar Breath of the Wild con el antes mencionado Skyrim pero más cruel me parece que la industria siga vendiendo un juego de 2011 en todas las plataformas como si fuera nuevo o relevante. Y así es que estos dos títulos de mundo abierto tratan la contemplación de sus maravillas de forma totalmente opuesta. Mientras que en el título de Nintendo puede transcurrir un rato largo  sin que mates a nada, en Skyrim no se nos permite simplemente pasear por las veredas en paz. Porque a la mínima aparece un enemigo a atacarnos. Da la impresión de que el juego necesita constantemente la violencia.

A grandes rasgos podría parecer que este punto es una nimiedad o que yo soy un hippie abstraído (esto último tengo que admitir que es cierto) pero de qué sirve un mundo tan hermoso y vasto si no tienes la oportunidad de visitarlo en paz. Que, ojo, no quiero decir que ahora este tipo de juegos deban ser walk simulators pero quizás sí que debieran aprender algo de ellos. Como por ejemplo, tratar de no mantener la atención del jugador con un peligro constante.

Para ir concluyendo, me gustaría expresar que si bien no creo que Breath of the Wild se merezca el Goty, sí que  es uno de los grandes juegos del año. Bien es cierto que gran parte de su éxito viene dado por su nombre, pero esto no desmerece una obra que trata no sólo de hacer un tributo a las anteriores entregas, sino que además, lucha por mantenerse fresca en un mercado que ha cambiado bastante desde los tiempos de Twilight Princess.

Breath of the Wild es un sandbox con el que Nintendo quiso gritar que seguía siendo una gran empresa en el mundo de los videojuegos. Más que un buen juego es una chispa, una esperanza de que el futuro que nos espera sea brillante. Quiero quedarme a verlo.

 

 

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